Brasil, se convirtió en un destino al que le guardo un especial cariño, pero Rio de Janeiro se quedo en mi memoria para siempre; Llegamos exactamente el día de Sao Sebastiao un 20 de enero, sin saberlo un feriado en la ciudad de un país muy católico, conforme el autobús avanzaba hacia la terminal mi desilusión se acrecentaba, la ciudad lucia triste, rara, decadente; Pero la adrenalina tocaría fondo al momento de bajar de ese autobús, para esquivando todo tipo de propuestas de traslado, conseguir un taxi, mi cara lo decía todo, error de novato, pero hace mucho no sentía esa sensación extraña de llegar a un lugar del que leíste mucho, pero a todas luces aprendiste poco, esa sensación quizá de sentirse vulnerable, de verse en medio de gente que si bien habla un idioma parecido al tuyo, no deja de ser otro idioma, viendo gente que sabe a donde caminar, pero sin saber a quien seguir, un hombre al fondo nos hacia señas, no se como, pero terminamos siguiéndolo hasta afuera de la terminal ¡Espera, estamos fuera ya del terminal! donde quedo aquel consejo de tomar los taxis autorizados, que en ese caos, nadie reparo en buscar el símbolo de taxis; subimos a un automóvil nuevo, el conductor prende el aire acondicionado, se agradece aun a pesar de ser las 7 de la mañana, y entre edificios derrumbados, calles decadentes, y un trafico ausente ¡Que aquí nadie trabaja! avanzamos hacia el centro de la ciudad donde estaba nuestro hotel; llegamos y como ha sido ya a lo largo de varios días en ese maravilloso país, en recepción nos reciben con una sonrisa y un Bom Dia, nos entregan la habitación y para nuestra sorpresa, nos invitan a desayunar, quedamos perplejos, el tener el cuarto listo era ya demasiado, como para que encima nos invitaran a tomar el cafe da manha.
Desayunados y ya un poco descansados, salimos a recorrer la ciudad, tan solo doblar a la vuelta del hotel, nos encontramos en medio de Cinelandia, con su espectacular Teatro de la Ciudad, sus edificios que evocan grandes épocas cariocas, épocas en que la ciudad fue capital de un Reino, la desilusión se convierte en emoción, una emoción grande por verlo todo, por retratar en tu cerebro cada rincón, cada olor, cada sonrisa; Caminamos por el centro, casi hasta el borde del puerto, conocemos el Convento de Sao Bento, el cual albergo a los monjes benedictinos allá por el siglo XVI y la Iglesia de la Candelaria, de la cual existe una leyenda muy bonita, que dice que, unos nobles sobrevivientes de una gran tormenta cuando viajaban desde Europa, la mandaron edificar en agradecimiento por haberse salvado, fue en honor a Nta. Sra. de la Candelaria, porque el barco en que viajaban se llamaba así el "Candelaria"; a partir de aquí decidimos adentrarnos por las calles mas estrechas, gente, comida, mercados, tiendas, estamos en el corazón del centro, nos damos cuenta, damos sin querer con la Confitería Colombo, como resistirse a un rico postre, los brasileños se pintan solos para eso, tan solo entrar sabemos porque este es un lugar que hay que visitar si, o si, nos transportamos aun sin conocerla a Lisboa, las vitrinas con las suculentas delicias nos reciben, seguimos a un gran salón flanqueado por grandes espejos, todo es una tentación, probamos algo que nunca habíamos visto "coxa creme", que es pollo con puré de papa con un empanizado de trigo ¡delicioso!, compramos pao de queijo para llevar, nos hemos enamorado de este pan, tan así, que quisimos traer nuestro cargamento, pero no sabíamos si nos lo dejarían pasar en la aduana.
Ya mas relajados proseguimos camino, llegamos hasta la Catedral, impresionante y moderna, dedicada precisamente a San Sebastian, nos tomamos unas fotos y seguimos porque no deseamos que se nos haga tarde, descubrimos dos de los barrios mas encantadores de Rio: Lapa y Santa Teresa, con sus tranvías antiguos, sus arcos, sus señoriales casas del siglo pasado y por supuesto la Escalaria Selaron, una pendiente con escaleras decoradas con pedazos de mosaico de todas partes del mundo, realizada por el artista chileno Jorge Selarón; Recorremos un poco el barrio, lo que es la parte baja de Santa Teresa, nos damos cuenta de su aire intelectual y burgués, llena de pequeños palacetes, que dan testimonio de un gran esplendor de atañó; Sin querer llega la hora de cenar y recordamos que efusivamente nos han recomendado comer feijoada, uno de los más típicos platos brasileiros, tomamos asiento en un restaurante al aire libre, en mi pobre portugués pido "dois feijoadas", "dois" perplejo me mira el camarero, "si, dois" le confirmo, de pronto ayudado por sus colegas, acerca una mesa a la nuestra, -vamos a compartir la mesa- pienso, comienzan a llegar los platos, para nuestro asombro ponen en "nuestras mesas", si, las dos eran nuestras, varios platos, una cazuela grande con el plato principal la feijoada, que es básicamente un guiso de frijoles negros, con salchicha y carne de cerdo, acompañado todo con farofa (harina de tapioca), naranjas, un plato con algo parecido a espinacas, arroz, en total 7 platos, nos volteamos a ver Ismael y yo, encogemos los hombros y nos disponemos a disfrutar de este enorme manjar, con la mirada retadora de nuestros anfitriones, sobra decir que tuvimos que pedir para llevar. Camino al hotel el barrio huele a samba y bossa nova, nuestros pies a cansancio, no podemos mas y aceleramos el paso, como no queriendo que la noche carioca nos embruje.




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